Me repudia esta moda descarriada de idolatrar prepúberes imberbes que bailan, cantan o lo que sea, en fenómenos neopijos como High School Musical, Hannah Montana, y demás tonterías.
Gran parte de la culpa de esta insulsa cultura infantil la tienen sus cimientos, sus bases, sus ancestros, sus antecesoras: las revistas, como la Super Pop y esas marranadas, para niñas que ni sangran pero que ya mojan las bragas cada vez que ven a esos niñatos de género confuso en sus fotos tope guays que hacen frotarse las manos a sus papás viendo cómo su niño se hace famoso y se forra a base de una imagen atrofiada entre los maquillajes de cutis perfecto y los pelos alborotados y flequillitos que lo único que hacen es que disfrutes imaginándote cómo se movería ese flequillo si le arrearas al niñato en cuestión una soberana colleja de esas que se dan con rabia mientras te muerdes la lengua.

Salen en fotos incluso en bañador, posando como estrellas del séptimo arte, y ocupan las paredes de las habitaciones de las niñas pomposas de turno... Antes, en nuestros tiempos, y tampoco soy nada mayor, las niñas idolatraban a cantantes de verdad, actores, músicos, pero adultos, y forraban sus carpetas con fotos de Ricky Martin, Alejandro Sanz, Brad Pitt... Ahora cada vez babean con críos más pequeños, hasta que les robe la carpeta algún pedófilo.
Las modas son lo que son, pasajeras por naturaleza, pero lo malo es que ésta ha llegado a la industria cinematrográfica, una industria que no sabe decir basta, y que si algo funciona lo exprimirá secuela tras secuela. Al público adulto eso cansa, se supone que tienen más dedos de frente, y llega un momento en que el espectador no quiere que le tomen el pelo. Estas niñatas no, siempre querrán más y más, y cada High Putuschool Musical que salga estarán ahí las primeras chorreando flujo y chillando, y cuanto más les den más querrán.
Es algo que degrada a todo el mundo, absolutamente a todos. A los que las hacen, porque ven el filón y buscan aprovecharse de los padres de las niñatas mojabragas que les dan la paga y ellas se lo gastan en ver la camisa desabrochada del rey de sus sueños húmedos. También degrada a las productoras, que apoyan material lavacerebros para crear un producto sin arte, vacío, un puto envoltorio de niños y niñas guapetes que bailan y brincan mientras el estudio les ajusta la voz para que no canten como si tuvieran un pez globo en el ojal. Por supuesto que no da ningún prestigio a un cine que estrena estas películas y las mantiene semanas y semanas en cartelera, porque las niñatas siguen viniendo, y ellos lo único que tienen que hacer es cobrar y pasar la fregona por donde han pasado las marranas de las niñas. Y por último degrada la inteligencia de los niños, que se les ofrece algo insulso y vacío que ellos tragan por los ojos, les gusta, y obvian la calidad. Irán a ver Wall•E o algo de prestigio, pero sus precocinados cerebros, sus mentes manipulables, y sus pubis con pelusilla les harán volver y volver a sonrojarse cuando su estrella favorita de 12 años guiñe a cámara.
Me encienden, estas cosas me encienden, porque luego quieres ir a ver un peli que llevas tiempo esperando y pinta con calidad y no te la dan, porque tienen 3 salas llenas de pijos y pijas con los ojos como platos mirando cómo bailan sus neoídolos líderes de masas, de masas tiernas y jóvenes, de mentes manipulables y moldeables, que se aprovechan de la fragilidad de las personalidades juveniles. Y si has trabajado en un cine, como es mi caso, aún te dan más asco estas hordas de sacos de hormonas descarriadas, cuyos padres no les han dado una hostia bien dada en su vida, y dan ganas de darle todas las que se ha perdido a la vez. Da la casualidad de que curré en el cine más caro y pijo de España... y ahí se ve la púrria, la indecencia, y lo peor de todo es que son el futuro.
Hasta aquí la primera entrega de Lo que realmente me saca de mis casillas..., ya iré publicando más a menudo. Y aviso de que lo haré con nuevas parrafadas, porque cuando doy rienda suelta a lo que me saca de quicio necesito vomitar todas las sandeces que sean necesarias hasta que me quede a gusto, o al menos, hasta que logre hacer ver a alguien el por qué de mis desprecios a tan despreciables atrocidades, valga la redundancia.
Un saludo en frasco hermético.

Salen en fotos incluso en bañador, posando como estrellas del séptimo arte, y ocupan las paredes de las habitaciones de las niñas pomposas de turno... Antes, en nuestros tiempos, y tampoco soy nada mayor, las niñas idolatraban a cantantes de verdad, actores, músicos, pero adultos, y forraban sus carpetas con fotos de Ricky Martin, Alejandro Sanz, Brad Pitt... Ahora cada vez babean con críos más pequeños, hasta que les robe la carpeta algún pedófilo.
Las modas son lo que son, pasajeras por naturaleza, pero lo malo es que ésta ha llegado a la industria cinematrográfica, una industria que no sabe decir basta, y que si algo funciona lo exprimirá secuela tras secuela. Al público adulto eso cansa, se supone que tienen más dedos de frente, y llega un momento en que el espectador no quiere que le tomen el pelo. Estas niñatas no, siempre querrán más y más, y cada High Putuschool Musical que salga estarán ahí las primeras chorreando flujo y chillando, y cuanto más les den más querrán.
Es algo que degrada a todo el mundo, absolutamente a todos. A los que las hacen, porque ven el filón y buscan aprovecharse de los padres de las niñatas mojabragas que les dan la paga y ellas se lo gastan en ver la camisa desabrochada del rey de sus sueños húmedos. También degrada a las productoras, que apoyan material lavacerebros para crear un producto sin arte, vacío, un puto envoltorio de niños y niñas guapetes que bailan y brincan mientras el estudio les ajusta la voz para que no canten como si tuvieran un pez globo en el ojal. Por supuesto que no da ningún prestigio a un cine que estrena estas películas y las mantiene semanas y semanas en cartelera, porque las niñatas siguen viniendo, y ellos lo único que tienen que hacer es cobrar y pasar la fregona por donde han pasado las marranas de las niñas. Y por último degrada la inteligencia de los niños, que se les ofrece algo insulso y vacío que ellos tragan por los ojos, les gusta, y obvian la calidad. Irán a ver Wall•E o algo de prestigio, pero sus precocinados cerebros, sus mentes manipulables, y sus pubis con pelusilla les harán volver y volver a sonrojarse cuando su estrella favorita de 12 años guiñe a cámara.
Me encienden, estas cosas me encienden, porque luego quieres ir a ver un peli que llevas tiempo esperando y pinta con calidad y no te la dan, porque tienen 3 salas llenas de pijos y pijas con los ojos como platos mirando cómo bailan sus neoídolos líderes de masas, de masas tiernas y jóvenes, de mentes manipulables y moldeables, que se aprovechan de la fragilidad de las personalidades juveniles. Y si has trabajado en un cine, como es mi caso, aún te dan más asco estas hordas de sacos de hormonas descarriadas, cuyos padres no les han dado una hostia bien dada en su vida, y dan ganas de darle todas las que se ha perdido a la vez. Da la casualidad de que curré en el cine más caro y pijo de España... y ahí se ve la púrria, la indecencia, y lo peor de todo es que son el futuro.
Hasta aquí la primera entrega de Lo que realmente me saca de mis casillas..., ya iré publicando más a menudo. Y aviso de que lo haré con nuevas parrafadas, porque cuando doy rienda suelta a lo que me saca de quicio necesito vomitar todas las sandeces que sean necesarias hasta que me quede a gusto, o al menos, hasta que logre hacer ver a alguien el por qué de mis desprecios a tan despreciables atrocidades, valga la redundancia.
Un saludo en frasco hermético.
PD: Y recordad... el pan de molde sin corteza mola, pero un bikini de pan de molde sin corteza es una puta mierda.






















































